sábado, 29 de abril de 2017

Los ‘millennials’, adictos al reconocimiento

Los ‘millennials’, adictos al reconocimiento

 La necesidad de ser el centro de atención tanto en casa como en el trabajo aparece como rasgo común de este colectivo

Los ‘millennials’, adictos al reconocimiento

La llegada de los millennials –las personas nacidas después de 1980 y antes del 2000– al mundo del trabajo y del consumo ha puesto a este colectivo bajo los focos de las empresas y de las consultoras y no pasan muchos días sin que se publique algún estudio sobre sus rasgos, hábitos o prioridades. Importan porque son muchos –el 26% de la población mundial–, suponen ya más de la mitad de la población activa y en ocho años serán el 75%, lo que les confiere una gran capacidad de influencia, que se ve incrementada por tratarse de la primera generación de nativos digitales. Su conexión permanente y su alta sociabilidad les otorga poder de influencia en las compras y los convierte en creadores de tendencias, de modo que interesa pormenorizar sus comportamientos e incluso su personalidad. En realidad, en un colectivo tan numeroso es difícil establecer patrones que sirvan para todos, aunque algunos de los analistas y consultores que han investigado sobre ellos aseguran que son más parecidos entre sí que los miembros de las demás generaciones debido a la globalización y a la homogeneidad de la información y los valores que se les han transmitido a través de las tecnologías.
El profesor de dirección de personas del Iese Guido Stein es uno de los expertos que han descrito algunas de las particularidades de los millennials y asegura que esta mayor homogeneidad es más clara entre los que denomina “júnior millennial”, los nacidos entre 1990 y 2000, que son los que ahora están terminando de formarse o entrando en el mercado laboral. Y destaca como uno de sus rasgos más representativos la necesidad de aprobación por parte de los demás. “Son poco menos que unos adictos al reconocimiento público, que no sólo esperan obtener de sus superiores, sino también, y sobre todo, de sus semejantes”, apunta el profesor del Iese, que señala que este interés en ser el centro de atención se observa tanto en su vida cotidiana como en su actividad laboral.
Importan porque son muchos y en ocho años serán el 75% de la población activa
Para Stein, este afán de reconocimiento tiene que ver con la educación que han recibido, sobre todo en el entorno familiar, donde se ha fomentado una cierta inmadurez y no se les ha dejado esforzarse. A esta inmadurez también contribuye el hecho de que nunca una generación haya estado tan conectada entre sí como esta, porque al relacionarse tanto entre iguales y a través de las redes sociales no se exponen tanto a personas de otras edades y otras actividades, y eso incide en que no maduren tanto. De ahí que, según Stein, una parte importante de estos jóvenes tenga una excelente formación académica, en idiomas y tecnología, pero presente carencias de carácter y deficiencias en sus habilidades interpersonales.
Pablo Mondragón, antropólogo social y fundador de Antropologia 2.0, opina que este interés por la aprobación de los demás no constituye un rasgo psicológico de los jóvenes de hoy, sino que tiene que ver con los nuevos canales de comunicación, con los avances técnicos. “Todos tenemos necesidad de reconocimiento y a todos nos gusta que nos den palmaditas en el hombro, creo que eso es algo innato al ser humano; lo que ha cambiado es que estas palmaditas antes se producían y se buscaban en el ámbito doméstico, en un entorno reducido, y ahora que estamos interconectados podemos tener un reconocimiento más masivo y los avances técnicos nos dan los instrumentos para tener feedback, así que esperamos reacciones a todo lo que hacemos”, apunta Mondragón.
Globalización y tecnología les hacen parecerse más entre sí que otras generaciones
También Idoia de Paz, responsable del departamento de consultoría de Capital Humano de Deloitte –firma que realiza un informe anual sobre los millennials–, cree que el afán de reconocimiento es ahora más visible porque los jóvenes lo reclaman en tiempo real, porque están acostumbrados al feedback constante y a la comunicación inmediata, y para ellos no tiene sentido esperar a la evaluación anual para saber las reacciones a su trabajo. “Creo que ser millennial es una actitud, no una generación, porque yo por edad no lo soy y también quiero ese reconocimiento y una organización más rápida y flexible, porque la tecnología lo fomenta”, dice.
Mondragón opina que, más que cambios a nivel psicológico, en la nueva generación de jóvenes observa cambios cognitivos, porque vivimos en un mundo donde se ha impuesto la inmediatez, donde todo adquiere mayores velocidades y donde la identidad digital cuenta.
Les preocupa la imagen que transmiten y les causa inseguridad
A este respecto, el estudio de Stein –basado en una encuesta a 22.000 directivos, centenares de universitarios y estudiantes del MBA del Iese– enfatiza que los júnior millennials proyectan una imagen de sí mismos muy cuidada porque quieren gustar, y para ello se sirven básicamente de fotos y vídeos. “Se han convertido en expertos en manipular la imagen que transmiten (...); cuanto más “chulo” parezca su perfil, con independencia de que lo que se cuenta en él sea verdad, más personas lo leen y envían una solicitud de “amistad”; se trata de que a uno lo reconozcan y de tener fans que lo adoren”, se lee en el informe. Y esta preocupación por la imagen y por ser apreciados les pasa factura, según Stein: “Les genera ansiedad e inseguridad, ya que son conscientes de que están siendo constantemente examinados y juzgados por los demás”.
También la inmediatez se considera un rasgo generacional. “Son impacientes porque han sido educados en la instantaneidad y están acostumbrados a inputs continuos e inmediatos, pero este hábito de inmediatez sostenido en el tiempo ha hecho que se encuentren cómodos realizando varias tareas a la vez (...) y también hace que capten todo a gran velocidad, que sean rápidos aprendiendo”, resume Stein. Y añade que la contrapartida es que, en muchos casos, adolecen de falta de capacidad para el análisis en profundidad. De Paz, de Deloitte, cree que los millennials son muy conscientes de lo que saben y de lo que no saben y si algo los caracteriza es que siempre quieren aprender más y quieren conversar con gente que sabe más, con los directivos, con expertos en los temas. Según Stein, esto puede provocar conflictos en las empresas, porque los millennials están acostumbrados a conectar con quien quieran por Twitter sin respetar escalafones, “pero en la empresa hay jefes directos y a nadie le gusta que le puenteen”.
La inmediatez de la comunicación les hace impacientes y también multitarea
En este sentido, diversos informes apuntan que el concepto tradicional de autoridad resulta bastante ajeno para los millennials. “Se han desarrollado en un hogar donde los padres no han ejercido la misma autoridad con la fueron educados, y en su infancia y adolescencia tampoco se les ha sometido a una autoridad estricta en sus colegios o institutos”, justifica el profesor del Iese, que cree que deberán ser las empresas las que complementen esa formación del carácter. Hay cierto consenso en que el millennial no busca jefes que se erijan como modelo ni ostenten autoridad, sino personas a las que respetar por su prestigio profesional, sus conocimientos y la coherencia de sus actos.
Todo ello siempre que el foco se ponga en los mejor formados, que no encuentran empleo acorde con sus posibilidades pero no pierden la esperanza de encontrar un trabajo cuyo contenido les interese, que sea acorde con sus valores y les permita “vivir bien”. Porque junto a ellos hay otro amplio colectivo de jóvenes que por edad también encajan como millennials pero no tienen tanta formación porque se lanzaron a trabajar aprovechando los años de la burbuja inmobiliaria y con la crisis perdieron el empleo, no ven posibilidades de tenerlo en el futuro y se muestran indignados con la sociedad que les ha tocado vivir y de la cual se sienten acreedores.
¿Etiqueta generacional o de marketing?
“Decir que los millennials somos todos caprichosos o narcisistas o que nos pasamos los días en las redes es como decir que la generación X eran todos propensos a ser yonquis en los ochenta... La etiqueta millennial está de moda porque en la era de la infoxicación y los atajos mentales es un heurístico clasificatorio muy potente, pero no deja de ser una categoría demográfica o una etiqueta de marketing, insuficiente para referirse a toda una generación, donde hay personas muy diversas en etnia, género, clase...”, advierte enfáticamente el antropólogo social Pablo Mondragón. Nacido en 1988, Mondragón encaja por edad en el colectivo de los millennials séniors, pero asegura que no observa en él ni en sus coetáneos rasgos psicológicos diferentes de los de otras generaciones. “Si hay algo por lo que está marcada la actual generación de jóvenes y sus comportamientos es por la ausencia de estabilidad laboral y por la inmediatez”, dice. Y lo ejemplifica con la experiencia de su primo, despedido por comentar con compañeros del trabajo un error que había detectado en un producto de la empresa donde le habían contratado. “Mi tío le reprocha que actuó mal, que cuando estás en una empresa has de callarte y hacer lo mismo que los demás; pero esa es una mentalidad de cuando creías que el trabajo te iba a durar toda la vida y nosotros no tenemos garantía de estabilidad y, en cambio, creemos que si detectas un problema es mejor decirlo porque se trata de contribuir a una mejora”.
Idoia de Paz, de Deloitte, también cree que ser millennial es una actitud, no una generación, y que esa actitud supone un desafío para las empresas porque exige un modo de comunicarse, de dirigir y de fijarse objetivos diferente del convencional hasta ahora. “Los millennials son personas que funcionan a golpe de clic, que quieren desarrollarse constantemente, que quieren vivir experiencias únicas, a quienes les importa mucho el contenido de su trabajo y que quieren contribuir a dejar un mundo mejor”, resume.
TOMADO DE: LA VANGUARDIA, escrito por  Barcelona

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